BASTA DE ASESINATOS

Se sentía culpable,
no dejaba de escuchar
que no servía para nada,
que las había mejores.

Se esforzaba todos los días
de la semana, los meses y los años.
A toda costa, quería complacer,
creía que con eso acabaría el suplicio,
se creía inferior y culpable.

Su familia le decía:
tienes que luchar y perseverar,
las cosas cuestan,
pero llegan las recompensas.
Su confesor decía que había que ser paciente,
que tenia que poner de su parte.

Recompensa, tenía todos los días,
pinturas para tapar los cardenales,
gafas que ocultaran los golpes
y los sufrimientos.

No supo decir ¡basta!
no supo cortar y decir ya no más,
me voy.

No supo cortar,
la escalera fue la culpable,
eso decía el atestado judicial.

La escalera lo tapó todo,
los golpes, insultos, vejaciones.
El golpe certero
que le dio la bestia inmunda,
como acto ruin de bestia de dos patas.

La escalera, siempre servicial,
para quienes quieren creérselo.
Para quienes niegan
el asesinato de las mujeres,
solo por ser mujer.

¡ni una más! ¡ni una menos!
¡No se mueren, las asesinan!

Julio Ugena Carrasco. 25-11-2021

SOÑAR EL FUTURO

El presente para vivirlo,
el pasado para aprender,
el futuro de camino.

No hay presente sin pasado,
futuro que venga solo.

Importancia del presente
no se debe desperdiciar,
pero el pasado tiene culpa
de la actual realidad.

El futuro en construcción,
piedra a piedra hay que levantar,
solo no viene el futuro,
lo tenemos que acompañar,
no sé si para nosotros,
o para los que vienen detrás,
quiero construir el futuro,
para mí y para los demás.

Vivir solo pensando en mí,
en el paraíso del presente,
es de egoísmo infinito
y de imprudencia total.

No pensar en el futuro,
demuestra insolidaridad,
olvidarse del pasado,
¿Dónde nos puede llevar?

No olvidar el pasado,
preocuparse por el futuro,
no puede ser obsesión,
hay que vivir el presente,
con toda la intensidad.

Vivir intenso el presente,
no podemos renunciar,
sin olvidar, ni dejar de soñar.

Julio Ugena Carrasco

derechos que se olvidan

Eran las veinte treinta, del viernes trece de enero, cuando Juan abrió la puerta de su casa. Acababan de llegar puntuales (algo que no es normal en este país), Manuel, Pedro Y Antonio. 

    Se saludaron y recordaron que hacía años que no se reunían los cinco. Manuel, entre risas, preguntó a Juan: — ¿Qué nos has preparado de cena?, me dicen que has mejorado en la cocina. —Juan dijo: — No sé si será o no comestible, ya veremos si os gusta la sopa de mariscos, la pularda con setas al vermut y el flan de huevos de gallinas caseras. 

   En la mesa, empezaron a recordar viejos tiempos, también hablaron de lo actual, poniendo en relación en algún momento lo anterior y lo de ahora. Algunos sintieron pena y frustración de los pasos hacia atrás que se habían dado en los derechos sociales, laborales y otros. 

    Juan recordó los años sesenta en el pueblo. Cuando en los finales de esa década empezaron todos a trabajar por cuenta ajena (alguno ya había trabajado en el negocio familiar). Las jornadas eran de 11 horas de lunes a viernes y de 8 horas los sábados y después se hacían extras: de 7 de la mañana a 7 de la tarde, con una hora para comer, los sábados de 5 de la madrugada a la 1 del medio día. Muchos días, después de las 7, había que quedarse a hacer horas y los sábados por la tarde también. En el caso de los sábados, casi siempre a tarea, lo que hacía llevar una paliza en el cuerpo. 

    Fue Manuel el que recordó cómo, a mediados de los años 70, llegó aquel cura que pertenecía a la HOAC, —fue él quien nos hizo ver que había otra realidad, que los derechos existían, los laborales los sociales, los políticos y otros. Nos hizo ver que no bastaba con que existieran: se tenía que luchar por conseguirlos, por cambiar la sociedad, por una justicia para todos, por la dignidad de la persona, en definitiva, por un mundo mejor. 

   Entonces intervino Antonio: —Manuel, fue entonces cuando tú empezaste a tomar conciencia antes que nosotros, comenzaste el compromiso y a militar en la HOAC. Después, en Comisiones Obreras, ¿es así verdad? 

    Pedro comentó: —Es verdad que fue el inicio para que tomáramos conciencia. Desde ahí fue cuando, unos antes y otros después, empezamos a comprometernos, cada uno en una organización o varias, desde lo social, lo político, lo sindical y otras organizaciones. 

   Juan preguntó: —¿No os dais cuenta de que estamos volviendo a aquellos años 60? Por no ir más lejos, el otro día al hijo de mi vecina le ofrecieron un trabajo de 10 horas diarias y 5 los sábados. Con un salario de 1000 euros al mes, con las pagas y las vacaciones ya incluidas. En caso de cogerse unos días de vacaciones, esos días no cobra, se los descuentan de los mil euros. Le hacen firmar las nóminas de las pagas, como si las cobrara, con amenaza de despido si no las firma. Empezó a trabajar hace 15 días. 

    Antonio dijo: —Lo consiente, eso es lo que pasa, no se mueven. —Manuel muy tranquilo, le contestó: a mí me cabrea mucho, me indigna, pero ten en cuenta que llevaba más de 3 años en el paro, con un hijo. Que las ofertas que había tenido eran peores, ya no podía tirar más de sus padres, sé que no se puede justificar, pero es lo que está pasando. 

    Antonio se lamentó: —malditos años, mal llamados de bonanza, solo ha sido una trampa, un espejismo, para hacernos creer que todos podíamos ser ricos. Sabían lo que hacían, lo tenían programado, es lo que hacía falta para adormecer al pueblo, para alienarlo. Sabían que una vez nos metieran en su ideología del individualismo, del tener, de la competitividad, desaparecería la reacción a la explotación, al expolio, al robo, al saqueo que están haciendo, les sería fácil dominarnos y que nadie se moviera. 

   Juan comentó: —En los años 60, no sabíamos nada, estábamos en plena dictadura, en el pueblo no había otra cosa. Pero cuando descubrimos que algo más era posible, tomamos conciencia, nos comprometimos, comenzamos a seguir el camino de muchas mujeres y hombres que habían luchado mucho antes por otra sociedad más justa. 

   Manuel expuso: —Recordareis que nos metimos en muchos fregados, no solo en la lucha directa, también hablando con la gente, en sus centros de trabajo, en los barrios, en todos los sitios que podíamos. 

   Juan mencionó: —Poníamos carteles, repartíamos octavillas, íbamos con la megafonía, convocando a las reuniones, charlas, asambleas y todo tipo de eventos. Ahora es distinto, todo es virtual, se convoca a las y los conocidos por el WhatsApp, por el Facebook, pero digo yo: ¿Cómo se dirigen a los que no están en sus libretas de direcciones? ¿no es más necesario dirigirse a todos? Buscábamos a los que no conocían nuestros planteamientos. Antes, lo principal era concienciar, sobre todo a los que nunca se lo habían planteado. ¿No será mejor sumar, que solo reunirse siempre los mismos, para llorar juntos?    

   Juan preguntó: —Bueno, y ¿los sindicatos dónde están? Manuel dijo: —Mejor di ¿dónde estamos? Los sindicatos son parte de la sociedad, también ha calado en ellos un poco de la apatía que hoy reina en la ciudadanía, pero tengamos en cuenta que son una herramienta de defensa de los trabajadores, que los sindicatos de clase son instrumentos de transformación social, que no tienen varas mágicas, que sus fallos y sus aciertos tienen que ver con lo que quieren los trabajadores y lo que están dispuestos a hacer. 

   Juan dijo: —Es verdad, si desaparecen, lo que hoy está pasando sería aún más grave. Además, son la única posibilidad de organizar y volver a conquistar lo que hoy nos han y están robando. Antonio señaló: —¿Y los partidos políticos? 

   Manuel indicó: —¿No os dais cuenta de que nos quieren llevar a pensar que todos son iguales?, es verdad que en todos hay fallos, incluso hay personas indeseables que se aprovechan, pero no todos son iguales, no todos tienen la misma ideología. El problema es que a unos se les pide que den soluciones y estén en la lucha, para que los defiendan cuando les afecta algo. Por cierto, siempre se encuentra a esas organizaciones cuando se comete una injusticia, cuando se reivindican cosas justas. Y no solo están ahí, también son parte de esas acciones. 

    Manuel dijo: —Se les pide que apoyen, que estén ahí en la defensa de los que sufren una injusticia, para eso sí existen, para votarlos no. Los mismos afectados son los primeros en votar a los que hacen leyes injustas que les quitan derechos. Votan a los que

   Pedro comentó: —Sí, pasa como con la corrupción, en la barra del bar, en charlas, lo que oyes es: Qué hijos de puta, qué cabrones, pero pones bien el oído y te das cuenta, por lo que después valoran, de que ese “hijo de puta” se convierte en “por qué no seré yo el hijo de puta”. Yo creo que es por lo que los votan. 

   Manuel afirmó: —La ideología del individualismo, del tener en vez del ser, la competitividad ha calado en la sociedad en general.

    Ya era media noche, siguieron recordando, hablando de sus cosas, de cómo estaban. Terminaron quedando en reunirse más a menudo, en invitar a otros amigos y compañeras, para seguir compartiendo recuerdos, ideas, para seguir viéndose.

            Manuel, al día siguiente se decidió a preparar una novela, aprovechando los recuerdos, lo comentado, su pensamiento y sobre todo lo que le fueran aportando en las próximas cenas. 

 1 de marzo de 2017 

LA VUELTA DE TORQUEMADA.

Hoy, tenemos a la extrema derecha, por un lado y a la derecha, por el otro. Una derecha, cuya dirección la compone la derecha extrema. Incluso, hacen recordar a Torquemada, el señor Casado llama aquelarre a una reunión de demócratas. La intención del susodicho señor no es otra, que llamar bujas a cinco mujeres, dispuestas a cambiar, en lo posible, lo injusto de esta sociedad. No sé si el que consiguió los títulos con las fundas del chocolate o por “la compañía, a los despachos, del señor Arnaldo” u otras prácticas que no necesitan demostrar valía ninguna, estará pensando en llevar a los braseros de la inquisición a las que él quiere llamar brujas y a las personas que asistieron a dicho acto.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, aquelarre:

Del vasco akelarre: propiamente “prado del macho cabrío”

1.m. Junta o reunión nocturna de brujos y brujas, con la supuesta intervención de demonios ordinariamente en figuras de macho cabrío, para sus prácticas mágicas o supersticiosas.

El evento o reunión que se celebró en Valencia, no fue nocturno, no asistieron demonios, ya que estos, estaban entretenidos en cómo van a hacer recortes sociales, laborales, sanitarios y otros, en caso de llegar al gobierno. Por cierto, el jefe de la tropa, el susodicho, en su patriotismo habitual, estará estudiando cómo seguir hablando mal de España en Europa.

Con lo de brujas y brujos, yo, personalmente, no tengo problema. De no haber sido por ellas y ellos, la sociedad todavía estaría llena de amos y siervos, o esclavos, el oscurantismo seguiría vigente en la actualidad. Quienes pensamos en una sociedad más justa, y luchamos por ello, estaríamos en peligro de pasar por las llamas y ascuas, estaríamos en la noche negra del franquismo, en las cárceles o en los paredones.

Señor Casado, me quedo con las brujas y brujos, pero decirle unas cosas, para ir terminando, más que nada por no aburrir, ya que podría estar horas enumerando las atrocidades que detesto: la corrupción; los títulos regalados; el fraude; el latrocinio; el recorte de libertades, de derechos sociales y económicos a las y los trabajadores. En definitiva, atracar a los pobres para dárselo a los más ricos, no sin antes, poner las manos para llenar las alforjas, en cobro a los servicios prestados o pasar por las puertas giratorias, otra forma de llenar las faltriqueras.

Señor Casado, Dios no lo quiera, que las derechas de este país ganen las elecciones, ya que su radicalidad me lleva a pensar que retrocederíamos muchos años, que la mayoría lo pasaría muy mal. De todas formas, le digo, si eso ocurre, ojalá no, se encontrará, frente a frente, con muchos y muchas brujas y brujos.

Julio Ugena Carrasco

14-11-2021

LA ECONOMÍA

Muy buena, la ilustración. 

 
Los economistas del sistema dicen que, si pasa lo de la segunda viñeta, la economía va mal, se tienen que hacer reformas. Cuando pasa lo de la tercera, la economía está creciendo, se está en buen camino. 

 En definitiva, cuando alguien acapara tanto que, ni en mil vidas, sería capaz de consumirlo, mientras que el resto lo pasa mal, incluso con hambre. Los economistas del sistema, y sus escuderos, dicen que la economía va bien, se empeñan en convencernos de que el mercado se encarga de la redistribución de los bienes.

Lo que vemos en la tercera viñeta es la redistribución de los bienes, según el mercado. Para los economistas afines al poder económico, los liberales o ultraliberales, la sociedad y la economía deja de ser eficiente, cuando se da un reparto más equitativo. Para ellos, la sociedad no funciona, si el reparto no se produce como lo reflejado en la tercera viñeta.  

Cuando los economistas con conciencia social plantean que un sistema fiscal justo y equitativo redistribuye los bienes mejor y más eficazmente, con políticas sociales, con un sistema público fuerte, nos encontramos más cercanos a la segunda viñeta. Cuando dicen que otra economía es posible, entonces, se les llama antisistema, comunistas, desestabilizadores, peligrosos destructores de la sociedad.  

Los economistas con conciencia social no están solos, está mucha gente con ellos. Los que pretendemos una sociedad mejor, más justa, más libre y más participativa. Por ello, también nos dicen y llaman lo mismo. 

Me siento muy honrado de que todos esos adjetivos que dedican a los economistas con conciencia social, también me los digan a mí, me siento identificado con ellos, pues mi pretensión es otro tipo sociedad: justa, libre, participativa, solidaria y más igualitaria. 

No compartiré nunca ese tipo de sociedad, que solo engorda a unos cuantos cerdos. A estos, solo los mantiene el saberse más poderosos que otros, el acaparar, a pesar de la pobreza y hambre que crea su abundancia.

A esos, solo les digo y deseo que engorden tanto, que lleguen a reventar 

5 de junio de 2015

EL AUTUBÚS

Rosa Parks, Ícono contra la segregación racial - Magazine QMode

El trayecto de la conciencia. 

Juan recorría Madrid, de punta a punta, en el autobús todos los días. Era lo que le tocaba hacer: de casa al instituto, sin ganas, sin objetivos, solo a cumplir con su presencia. El trayecto transcurría mirando al móvil, con mensajes de Wassap, Twenti y otras plataformas. De vez en cuando, jugaba con aplicaciones, que bajaba, en el teléfono. Para él no existía otra cosa en el mundo, casi todo lo que valoraba en esta sociedad estaba dentro de su teléfono móvil. 

Subía y bajaba del autobús mecánicamente, esperando sentarse y pasar el dedo por la pantalla. Aunque esto no lo hacía solamente en el autobús. Pero, el largo tiempo del trayecto pasaba, como si no transcurriera para él.

Las clases no le importaban, lo que pasara durante el recorrido, tanto dentro del autobús como fuera de él, le daba igual, mejor dicho, ni le preocupaba. 

El lunes, 3 de diciembre de 2012, Juan empezó a fijarse en lo que había a su alrededor. El trayecto que llevaba varios años haciendo dejó de no existir, pasando a ser algo que observar, tanto lo que ocurría dentro del autobús, como lo que veía desde la ventanilla de este, el mundo empezó a tener importancia. 

Unas semanas antes, Juan encontró en su casa, guardado en un sobre, que a la vez estaba metido en una funda de tela, en un cajón del armario del comedor, un escrito, no sabía qué era. Por primera vez en su vida, le picó la curiosidad y le entraron ganas de leer. Se lo guardó, para leerlo en el trayecto de casa al instituto, una vez sentado en el autobús. Desde entonces, el móvil dejó de ser su principal compañero de viaje. Empezó a leer esos papeles escritos, siendo su primera sorpresa descubrir el autor de los mismos: su abuelo los había escrito desde el exilio, unos cuantos años antes. 

Ese día, en el autobús, descubrió que su abuelo se tuvo que exiliar durante la dictadura, por sus ideas, por participar en reuniones y repartir octavillas. En los siguientes días, en el trayecto, que, como siempre, recorría en el autobús, fue descubriendo más y más cosas de su abuelo, como que después de pasar por varios países, terminó viviendo y trabajando en Montgomery, en los Estados Unidos. Pasó varios días releyendo lo que su abuelo escribió años antes. 

Los escritos de Manuel, abuelo de Juan, recogían su existencia durante el exilio, una parte de ello era lo vivido y observado en el autobús, que diariamente cogía para ir al trabajo. 

A Juan le impactó lo que ponía en esos papeles, pero, sobre todo, algunas de las experiencias vividas por su abuelo, en el autobús, el que cogía cada mañana para ir al trabajo y para volver por la tarde.

El abuelo empezó a tomar notas y a escribir lo que pasaba a su alrededor, el lunes 4 de julio de 1955. Todo empezó cuando al subir al autobús, algunos ciudadanos estadounidenses hicieron comentarios despectivos hacia él, por el hecho de ser extranjero. No todos los viajeros compartían aquello, pero mostraban indiferencia, sin saber cuál de las dos cosas le hirió más. 

Reconocía que, hasta entonces, no había sido consciente de lo que pasaba en el autobús, antes de pasar todo esto. El trayecto de camino al trabajo lo pasaba acordándose de su esposa, de su hijo y de la hija, que tenía a tantos kilómetros de distancia, añorando volver a su tierra, sin caer en la cuenta de que en el autobús pasaban cosas. 

Días después, el abuelo descubrió que las personas negras, subían al autobús, pagaban el billete, se bajaban y volvían a subir por la puerta trasera, para ocupar los únicos asientos donde les estaba permitido sentarse.

Otro día subió una mujer negra, con su hijo en brazos, este llevaba varias heridas. En la parte delantera, había asientos libres, pero no le permitieron sentarse en ellos; ese día la parte trasera la ocupaban las mujeres y hombres negros, como siempre, coincidiendo que todos ellos eran muy mayores. Le cedió el sitio una señora muy mayor, que hizo el trayecto de pie, para andar necesitaba bastón. En una de las paradas del autobús, esta señora cayó de boca en el suelo. 

Días después observó cómo, cada vez que subía una persona negra, algunos ciudadanos la miraban con desprecio. En algunos casos, le dedicaban algunos insultos, con la indiferencia del resto de los pasajeros.

El jueves uno de diciembre de 1955, el abuelo vio como una ciudadana negra se sentaba en los asientos reservados a los blancos, el conductor le dijo que dejara ese asiento a un blanco, pero la señora no se movió, el conductor la amenazó con llamar a la policía, ella siguió en su asiento. Cuando llegó la policía se la llevaron.

Después de un tiempo, el abuelo se enteró de quien era esa señora, Rosa Parks, de cuarenta y dos años. Pasó la noche en la cárcel y tuvo que pagar catorce dólares de multa. 

Ese día fue muy grande para el abuelo, pues en lo que le restaba de trayecto, dio vueltas en la cabeza a lo que había ocurrido, viendo que aquella señora se enfrentaba a aquel atropello de los derechos humanos. Pensó, más que nunca, en la injusticia que le había llevado a él al exilio. 

El día siguiente, en el autobús no dejó de pensar en esa señora que, se enfrentó a la arbitrariedad de algunas leyes, lo que le llevó a decidir, hacer frente al desafuero que llevaba tantos años sufriendo, el exilio, decidiendo volver a España. 

El nieto seguía leyendo todo aquello, en su asiento del autobús, descubriendo que, al volver su abuelo a su país, le encerraron dos años, solo por sus ideas, por haber repartido octavillas, explicando qué sociedad quería para él y para todos.  

Juan empezó a observar, empezó a ser consciente de lo que pasaba a su alrededor, cada día descubría cosas que pasaban, en el autobús y fuera, durante su trayecto. Vio por la ventanilla del autobús, como, al pasar por algunas bocas del metro, la policía pedía identificación, pero siempre a ciudadanos negros, árabes, latinoamericanos y algún indigente. 

Otro día, al pasar por la puerta de un CIE, preguntó qué era aquello, se cabreó mucho al enterarse de la realidad, al enterarse de que los que estaban dentro retenidos en ese edificio eran extranjeros, que no se les culpaba de ningún delito, que solo era por ser extranjero y no tener papeles. Lo que más le cabreó fue que le dijeran que eran ilegales. 

Al día siguiente, vio una cara conocida, pues salía mucho en televisión, iba paseando con su escolta, los policías no solo lo saludaban, le abrían paso entre la gente. Ese señor era un implicado en varios casos de corrupción. 

Otro día observó como subía un señor negro al autobús, se sentó al lado de una señora muy arreglada, esta se levantó con cara de desprecio y se fue para otro sitio en el autobús. 

Hoy, Juan, en el autobús, comentaba a un amigo que, se había afiliado a alguna organización social, que llevaba unas buenas notas del instituto a casa, que ya la vida tenía sentido. Riendo dijo: “Y sin necesidad de teléfono” 

16 de febrero de 2017 

¿SI DESAPARECEN LAS ABEJAS?

Advierten sobre extinción de especies de abejas en México | UNAM Global

Manuel empezó repasando la lista de los amigos y amigas que le quedaban, pues algunos ya habían abandonado este mundo, la edad ya no daba muchas prórrogas. Los convocó para el lunes 28 de octubre de 2047, fecha en la que cumplía 95 años.

Los amigos, a los que los achaques de la edad les permitieron asistir, se reunieron para la celebración. Allí, recordaron lo vivido y, también, lo que estaba pasando en ese momento. La escasez de alimentos, que cada día era mayor, se debía a que los agentes polinizadores se habían extinguido, en una gran proporción: no quedaban murciélagos, el ochenta por ciento de los pájaros había desaparecido, las mariposas, prácticamente, ya no existían, los abejorros y otros insectos también eran casi inexistentes, las abejas no superaban el veinticinco por ciento de las que había a principios de siglo, apenas quedaban abejas melíferas, por lo que casi no había producción de miel.

Recordaron que, a principios de siglo, en muchas partes del mundo, la gente sufría y moría de hambre, pero por el egoísmo de algunos y por la indiferencia de la mayoría, pues había alimentos suficientes. Se producía para acaparar, no para repartir. Se introdujeron en la agricultura los productos transgénicos, los insecticidas, herbicidas y plaguicidas que se usaban desmesuradamente. Juan comentó: —Nos vendían la moto, diciendo que era para producir más, pero solo era para aumentar las ganancias de unos pocos: de grandes terratenientes, de grandes industrias químicas y farmacéuticas.

—Decían que utilizar todos esos productos daría riqueza a la sociedad, pero, en la práctica, era solo para aumentar los beneficios, pues, no solo no se repartía lo que se producía, sino que se eliminaba parte de la producción para que no bajaran los precios. —Comentó José.

Señalaban que en esos momentos había muchas necesidades, se pasaba hambre, pero ahora, no solamente era por la falta de reparto, también por la escasez de producción. No había alimentos suficientes, por la ausencia de polinizadores, especialmente la abeja, pues el setenta y cinco por ciento de los productos del campo necesitan de su polinización, siendo la abeja la que en mayor porcentaje hace esa labor.

Todo esto me lo contó mi abuelo, hace treinta y tres años. Era uno de los que estuvieron celebrando ese cumpleaños.

Me contaba que hubo gente que, en el siglo veinte y a principios del veintiuno, luchaba contra las desigualdades, contra el cambio climático, contra la destrucción de las abejas, pero los poderosos se inventaron que “todas esas patrañas eran mentira, que eran unos antisistema, que solo querían destruir la sociedad «. El problema es que muchos se lo creyeron y apoyaron a los que nos han llevado a esta hecatombe.

Hoy, en los años ochenta de este siglo, solo se cultivan cereales, como el trigo, así como patatas y poco más, al no necesitar para ello la polinización. La falta de abejas y otros polinizadores no permite que se cultiven frutales, ni frutos secos ni tampoco forraje para alimentar animales.

La población humana ha descendido a niveles de los tiempos de la Edad Media, los poderosos viven en zonas muy restringidas, protegidos por el ejército, con tanques y otras armas; los jornaleros malviven con hambre; el resto de la población sobrevive de lo que puede robar en los campos, cada día mueren más.

Queda muy poco tiempo de vida en el planeta. La desesperación lleva a matarse unos a otros, nadie ve solución para la pervivencia del ser humano.

Me contaba mi abuelo que él conservaba semillas y que yo hiciera lo mismo, pero, sobre todo, que conservara en lo que pudiera algunas abejas.

Con esta situación, se fueron abandonando muchos terrenos, en algunas comarcas, desde hacía varios años, nadie pasaba por ellos. Recordé los consejos de mi abuelo. Instalé unas colmenas, junto a otras familias, con las abejas que había ido conservando, saqué las semillas que guardaba y empezamos sembrar.

No estaba todo perdido, costaría mucho, había que convencer al resto de las personas, para que se extendiera lo que estábamos logrando. Pero existía un peligro, que a la vez eran varios: que los poderos se quisieran hacer con ello; que volvieran a hacer lo mismo que antes y nuevamente, consiguieran cargarse lo que estábamos haciendo; que los que peor lo estaban pasando se pusieran del lado de sus opresores, no era la primera vez que ocurría, que los poderos intentaran invadir y quitárnoslo todo.

Decidimos que teníamos que concienciar al resto de la sociedad, que teníamos que ser valientes, defender el proyecto y animar a que otros lo defendieran. Así lo estamos haciendo, con muchas dificultades, pero hay esperanza de poder conseguirlo.

Estamos entusiasmados, ya que podremos lograr que no desaparezcamos los seres humanos de la tierra, que se vuelva a producir, que se repartan equitativamente los frutos de ese trabajo, que no se vuelva a contaminar ni el suelo, ni el aire, ni nada.

Estamos deseosos de ver volar a millones a abejas, de que vuelvan los pájaros, de que todos puedan comer una manzana o unas fresas, aunque a mí, estas no me gusten.

Se lo debemos a las abejas, nos lo debemos al género humano. Como siempre, las abejas nos darán lo mejor de sí mismas, nos darán la vida.

Llegados estos momentos, creo que lo vamos a conseguir. Al principio del siglo veintiuno, si la mayoría no hubiera mirado para otro lado, si hubieran hecho caso a los que luchaban, entre otras cosas, para que no desaparecieran las abejas, cuanto sufrimiento innecesario se hubiera ahorrado.

18-1-19

RIQUEZAS Y SUFRIMIENTOS POR ALGUNOS MINERALES

Cuando el 2 de agosto de 1998 Ruanda invadió la República Democrática del Congo, para controlar los grandes yacimientos minerales, sobre todo del Coltán, Bimyavanga tenía 9 años, vio como mataban a su padre y hermanos, quedando solo su madre y él. 

Bimyavanga sobrevivió trabajando en condiciones casi de esclavo en la extracción del coltán. Unos años después, descubrió su homosexualidad, la ocultó todo lo que pudo. Sin que él lo dijera, empezaron a sospecharlo, empezó a recibir amenazas de denunciarlo, pues la homosexualidad estaba prohibida y castigada, recibió algunas palizas. 

Bimyavanga no tenía reloj ni lo entendía, se regía por el sol, andaba descalzo, nunca pudo tener unos zapatos, no sabía escribir ni leer, nunca pudo asistir a la escuela. 

Bimyavanga, un día, dijo a su madre: Me han dicho que en Europa hay otra forma de vida, donde se puede vivir libre y sin hambre, quiero ir a un país que se llama España, donde me estableceré, te mandaré dinero para que puedas comer. Pero, sobre todo, para poder llevarte conmigo y poder vivir bien.  

Bimyavanga se despidió de su madre y emprendió el camino hacia el otro continente al que se dirigía, para él representaba el paraíso donde poder tener otra vida mejor. En su camino, atravesó Republica Centro Africana, donde conoció a Kaylo, joven camerunesa, que también iba en busca de una mejor vida, se hicieron amigos y caminaron juntos, pasaron por Camerún, Nigeria, Níger, Argelia y Marruecos. 

Kaylo sabía escribir y Bimyavanga le pidió que escribiera unas cartas a su madre, con la esperanza de que alguien se la leyera, pues no sabía leer. De vez en cuando, Kaylo escribía lo que Bimyavanga decía que pusiera a su madre, entre otras cosas, siempre decía: “Madre estoy bien, todo marcha bien, los sueños se harán realidad, pronto te mandaré dinero, en cuanto pueda te traeré conmigo”. 

Bimyavanga encontró unos zapatos viejos en el camino, los cuales cada día estaban en peor estado, sobre todo las suelas, lo que se suele decir: (vas engañando al cielo y jodiéndote los pies). Caminaron días, semanas y meses, sufriendo hambre, algunas palizas y Kaylo varias violaciones. Ya en Marruecos, Kaylo desapareció. Bimyavanga no sabía si la habían secuestrado, asesinado o se había perdido. Desde ese momento, el camino lo hizo solo. 

Cuando llegó al cerro Gurugu “cercano a la valla metálica de Melilla”, siguió estando solo y con problemas de convivencia. Cuando decidían el momento de saltar la valla, planificando la hora en la que se pondrían en marcha, Bimyavanga tenía problemas pues no tenía reloj, siempre se regía por el sol, pero allí era distinto, las acciones de saltar al otro lado de la valla se hacían de noche, el sol en este caso no lo podía socorrer, se quedaba sin referencias.  

Bimyavanga, como los demás que estaban en el cerro Gurugu, pasaban hambre, frío, calor; cuando conseguía comer algo, la comida estaba en mal estado. 

Bimyavanga conoció a Sow, joven nigeriano, y se hicieron grandes amigos, teniendo con quien hablar, se ayudaban el uno al otro. Cuando intentaban saltar a Melilla lo hacían juntos, corriendo la misma suerte los dos.  

Los dos primeros intentos de saltar la valla, fueron infructuosos, Bimyavanga se produjo grandes y dolorosas heridas con las concertinas, sobre todo en los pies, ya que los zapatos no le protegían, por lo mal que estaban. De suela, tenía un cartón que cada varios días se cambiaba, pues resistían poco.  

Pasado un mes de aquellos intentos, lograron saltar y entrar en Melilla. Los dos amigos siguieron juntos, pensando cómo cruzar el mar para entrar en la península. Sin trabajo, sin papeles, esquivando a la policía.  

Bimyavanga Pidió a Sow que escribiera una carta a su madre, donde le decía las mismas cosas de siempre. Un día, los detuvieron y los internaron en el CIES.  Allí, con el tiempo, Bimyavanga perdía la esperanza de alcanzar la tierra prometida, veía que se quedaba sin futuro. Bimyavanga volvió a pedir a Sow que escribiera a su madre, con lágrimas en los ojos dijo que pusiera: “Querida mamá: Lo he conseguido, aquí estoy bien, me acuerdo mucho de ti, pronto te mandaré dinero, cuando pueda te traeré conmigo, quiero que estés alegre por mí, te quiero, te echo de menos”. 

Un día, alguien le dijo: El sufrimiento que tú tienes, el que tiene tu pueblo, llena los bolsillos de unos cuantos. En este primer mundo, con ese sufrimiento, se hacen muchos teléfonos. Espero que algún día se fabrique el reloj que marque la hora de la justicia. 

24 de marzo de 2017 

Este soy yo

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Nací en Yuncos en 1952, ciudadano del mundo. Bandera, la blanca, la de la paz; amante de la justicia y la igualdad.
La escuela, solo hasta los doce años, nada más.
Acceso a la universidad y carrera, en el aula de estudio, mi casa. Noches, sábados, domingos y festivos.
Licenciado en Derecho por la UNED.
Trabajador en el sector de la madera, sindicalista ya jubilado.
Me gusta escribir lo que veo, lo que siento, con lo cual me gusta la escritura crítica y de compromiso.