Eran las veinte treinta, del viernes trece de enero, cuando Juan abrió la puerta de su casa. Acababan de llegar puntuales (algo que no es normal en este país), Manuel, Pedro Y Antonio.
Se saludaron y recordaron que hacía años que no se reunían los cinco. Manuel, entre risas, preguntó a Juan: — ¿Qué nos has preparado de cena?, me dicen que has mejorado en la cocina. —Juan dijo: — No sé si será o no comestible, ya veremos si os gusta la sopa de mariscos, la pularda con setas al vermut y el flan de huevos de gallinas caseras.
En la mesa, empezaron a recordar viejos tiempos, también hablaron de lo actual, poniendo en relación en algún momento lo anterior y lo de ahora. Algunos sintieron pena y frustración de los pasos hacia atrás que se habían dado en los derechos sociales, laborales y otros.
Juan recordó los años sesenta en el pueblo. Cuando en los finales de esa década empezaron todos a trabajar por cuenta ajena (alguno ya había trabajado en el negocio familiar). Las jornadas eran de 11 horas de lunes a viernes y de 8 horas los sábados y después se hacían extras: de 7 de la mañana a 7 de la tarde, con una hora para comer, los sábados de 5 de la madrugada a la 1 del medio día. Muchos días, después de las 7, había que quedarse a hacer horas y los sábados por la tarde también. En el caso de los sábados, casi siempre a tarea, lo que hacía llevar una paliza en el cuerpo.
Fue Manuel el que recordó cómo, a mediados de los años 70, llegó aquel cura que pertenecía a la HOAC, —fue él quien nos hizo ver que había otra realidad, que los derechos existían, los laborales los sociales, los políticos y otros. Nos hizo ver que no bastaba con que existieran: se tenía que luchar por conseguirlos, por cambiar la sociedad, por una justicia para todos, por la dignidad de la persona, en definitiva, por un mundo mejor.
Entonces intervino Antonio: —Manuel, fue entonces cuando tú empezaste a tomar conciencia antes que nosotros, comenzaste el compromiso y a militar en la HOAC. Después, en Comisiones Obreras, ¿es así verdad?
Pedro comentó: —Es verdad que fue el inicio para que tomáramos conciencia. Desde ahí fue cuando, unos antes y otros después, empezamos a comprometernos, cada uno en una organización o varias, desde lo social, lo político, lo sindical y otras organizaciones.
Juan preguntó: —¿No os dais cuenta de que estamos volviendo a aquellos años 60? Por no ir más lejos, el otro día al hijo de mi vecina le ofrecieron un trabajo de 10 horas diarias y 5 los sábados. Con un salario de 1000 euros al mes, con las pagas y las vacaciones ya incluidas. En caso de cogerse unos días de vacaciones, esos días no cobra, se los descuentan de los mil euros. Le hacen firmar las nóminas de las pagas, como si las cobrara, con amenaza de despido si no las firma. Empezó a trabajar hace 15 días.
Antonio dijo: —Lo consiente, eso es lo que pasa, no se mueven. —Manuel muy tranquilo, le contestó: a mí me cabrea mucho, me indigna, pero ten en cuenta que llevaba más de 3 años en el paro, con un hijo. Que las ofertas que había tenido eran peores, ya no podía tirar más de sus padres, sé que no se puede justificar, pero es lo que está pasando.
Antonio se lamentó: —malditos años, mal llamados de bonanza, solo ha sido una trampa, un espejismo, para hacernos creer que todos podíamos ser ricos. Sabían lo que hacían, lo tenían programado, es lo que hacía falta para adormecer al pueblo, para alienarlo. Sabían que una vez nos metieran en su ideología del individualismo, del tener, de la competitividad, desaparecería la reacción a la explotación, al expolio, al robo, al saqueo que están haciendo, les sería fácil dominarnos y que nadie se moviera.
Juan comentó: —En los años 60, no sabíamos nada, estábamos en plena dictadura, en el pueblo no había otra cosa. Pero cuando descubrimos que algo más era posible, tomamos conciencia, nos comprometimos, comenzamos a seguir el camino de muchas mujeres y hombres que habían luchado mucho antes por otra sociedad más justa.
Manuel expuso: —Recordareis que nos metimos en muchos fregados, no solo en la lucha directa, también hablando con la gente, en sus centros de trabajo, en los barrios, en todos los sitios que podíamos.
Juan mencionó: —Poníamos carteles, repartíamos octavillas, íbamos con la megafonía, convocando a las reuniones, charlas, asambleas y todo tipo de eventos. Ahora es distinto, todo es virtual, se convoca a las y los conocidos por el WhatsApp, por el Facebook, pero digo yo: ¿Cómo se dirigen a los que no están en sus libretas de direcciones? ¿no es más necesario dirigirse a todos? Buscábamos a los que no conocían nuestros planteamientos. Antes, lo principal era concienciar, sobre todo a los que nunca se lo habían planteado. ¿No será mejor sumar, que solo reunirse siempre los mismos, para llorar juntos?
Juan preguntó: —Bueno, y ¿los sindicatos dónde están? Manuel dijo: —Mejor di ¿dónde estamos? Los sindicatos son parte de la sociedad, también ha calado en ellos un poco de la apatía que hoy reina en la ciudadanía, pero tengamos en cuenta que son una herramienta de defensa de los trabajadores, que los sindicatos de clase son instrumentos de transformación social, que no tienen varas mágicas, que sus fallos y sus aciertos tienen que ver con lo que quieren los trabajadores y lo que están dispuestos a hacer.
Juan dijo: —Es verdad, si desaparecen, lo que hoy está pasando sería aún más grave. Además, son la única posibilidad de organizar y volver a conquistar lo que hoy nos han y están robando. Antonio señaló: —¿Y los partidos políticos?
Manuel indicó: —¿No os dais cuenta de que nos quieren llevar a pensar que todos son iguales?, es verdad que en todos hay fallos, incluso hay personas indeseables que se aprovechan, pero no todos son iguales, no todos tienen la misma ideología. El problema es que a unos se les pide que den soluciones y estén en la lucha, para que los defiendan cuando les afecta algo. Por cierto, siempre se encuentra a esas organizaciones cuando se comete una injusticia, cuando se reivindican cosas justas. Y no solo están ahí, también son parte de esas acciones.
Manuel dijo: —Se les pide que apoyen, que estén ahí en la defensa de los que sufren una injusticia, para eso sí existen, para votarlos no. Los mismos afectados son los primeros en votar a los que hacen leyes injustas que les quitan derechos. Votan a los que
Pedro comentó: —Sí, pasa como con la corrupción, en la barra del bar, en charlas, lo que oyes es: Qué hijos de puta, qué cabrones, pero pones bien el oído y te das cuenta, por lo que después valoran, de que ese “hijo de puta” se convierte en “por qué no seré yo el hijo de puta”. Yo creo que es por lo que los votan.
Manuel afirmó: —La ideología del individualismo, del tener en vez del ser, la competitividad ha calado en la sociedad en general.
Ya era media noche, siguieron recordando, hablando de sus cosas, de cómo estaban. Terminaron quedando en reunirse más a menudo, en invitar a otros amigos y compañeras, para seguir compartiendo recuerdos, ideas, para seguir viéndose.
Manuel, al día siguiente se decidió a preparar una novela, aprovechando los recuerdos, lo comentado, su pensamiento y sobre todo lo que le fueran aportando en las próximas cenas.
1 de marzo de 2017

