EL AUTUBÚS

Rosa Parks, Ícono contra la segregación racial - Magazine QMode

El trayecto de la conciencia. 

Juan recorría Madrid, de punta a punta, en el autobús todos los días. Era lo que le tocaba hacer: de casa al instituto, sin ganas, sin objetivos, solo a cumplir con su presencia. El trayecto transcurría mirando al móvil, con mensajes de Wassap, Twenti y otras plataformas. De vez en cuando, jugaba con aplicaciones, que bajaba, en el teléfono. Para él no existía otra cosa en el mundo, casi todo lo que valoraba en esta sociedad estaba dentro de su teléfono móvil. 

Subía y bajaba del autobús mecánicamente, esperando sentarse y pasar el dedo por la pantalla. Aunque esto no lo hacía solamente en el autobús. Pero, el largo tiempo del trayecto pasaba, como si no transcurriera para él.

Las clases no le importaban, lo que pasara durante el recorrido, tanto dentro del autobús como fuera de él, le daba igual, mejor dicho, ni le preocupaba. 

El lunes, 3 de diciembre de 2012, Juan empezó a fijarse en lo que había a su alrededor. El trayecto que llevaba varios años haciendo dejó de no existir, pasando a ser algo que observar, tanto lo que ocurría dentro del autobús, como lo que veía desde la ventanilla de este, el mundo empezó a tener importancia. 

Unas semanas antes, Juan encontró en su casa, guardado en un sobre, que a la vez estaba metido en una funda de tela, en un cajón del armario del comedor, un escrito, no sabía qué era. Por primera vez en su vida, le picó la curiosidad y le entraron ganas de leer. Se lo guardó, para leerlo en el trayecto de casa al instituto, una vez sentado en el autobús. Desde entonces, el móvil dejó de ser su principal compañero de viaje. Empezó a leer esos papeles escritos, siendo su primera sorpresa descubrir el autor de los mismos: su abuelo los había escrito desde el exilio, unos cuantos años antes. 

Ese día, en el autobús, descubrió que su abuelo se tuvo que exiliar durante la dictadura, por sus ideas, por participar en reuniones y repartir octavillas. En los siguientes días, en el trayecto, que, como siempre, recorría en el autobús, fue descubriendo más y más cosas de su abuelo, como que después de pasar por varios países, terminó viviendo y trabajando en Montgomery, en los Estados Unidos. Pasó varios días releyendo lo que su abuelo escribió años antes. 

Los escritos de Manuel, abuelo de Juan, recogían su existencia durante el exilio, una parte de ello era lo vivido y observado en el autobús, que diariamente cogía para ir al trabajo. 

A Juan le impactó lo que ponía en esos papeles, pero, sobre todo, algunas de las experiencias vividas por su abuelo, en el autobús, el que cogía cada mañana para ir al trabajo y para volver por la tarde.

El abuelo empezó a tomar notas y a escribir lo que pasaba a su alrededor, el lunes 4 de julio de 1955. Todo empezó cuando al subir al autobús, algunos ciudadanos estadounidenses hicieron comentarios despectivos hacia él, por el hecho de ser extranjero. No todos los viajeros compartían aquello, pero mostraban indiferencia, sin saber cuál de las dos cosas le hirió más. 

Reconocía que, hasta entonces, no había sido consciente de lo que pasaba en el autobús, antes de pasar todo esto. El trayecto de camino al trabajo lo pasaba acordándose de su esposa, de su hijo y de la hija, que tenía a tantos kilómetros de distancia, añorando volver a su tierra, sin caer en la cuenta de que en el autobús pasaban cosas. 

Días después, el abuelo descubrió que las personas negras, subían al autobús, pagaban el billete, se bajaban y volvían a subir por la puerta trasera, para ocupar los únicos asientos donde les estaba permitido sentarse.

Otro día subió una mujer negra, con su hijo en brazos, este llevaba varias heridas. En la parte delantera, había asientos libres, pero no le permitieron sentarse en ellos; ese día la parte trasera la ocupaban las mujeres y hombres negros, como siempre, coincidiendo que todos ellos eran muy mayores. Le cedió el sitio una señora muy mayor, que hizo el trayecto de pie, para andar necesitaba bastón. En una de las paradas del autobús, esta señora cayó de boca en el suelo. 

Días después observó cómo, cada vez que subía una persona negra, algunos ciudadanos la miraban con desprecio. En algunos casos, le dedicaban algunos insultos, con la indiferencia del resto de los pasajeros.

El jueves uno de diciembre de 1955, el abuelo vio como una ciudadana negra se sentaba en los asientos reservados a los blancos, el conductor le dijo que dejara ese asiento a un blanco, pero la señora no se movió, el conductor la amenazó con llamar a la policía, ella siguió en su asiento. Cuando llegó la policía se la llevaron.

Después de un tiempo, el abuelo se enteró de quien era esa señora, Rosa Parks, de cuarenta y dos años. Pasó la noche en la cárcel y tuvo que pagar catorce dólares de multa. 

Ese día fue muy grande para el abuelo, pues en lo que le restaba de trayecto, dio vueltas en la cabeza a lo que había ocurrido, viendo que aquella señora se enfrentaba a aquel atropello de los derechos humanos. Pensó, más que nunca, en la injusticia que le había llevado a él al exilio. 

El día siguiente, en el autobús no dejó de pensar en esa señora que, se enfrentó a la arbitrariedad de algunas leyes, lo que le llevó a decidir, hacer frente al desafuero que llevaba tantos años sufriendo, el exilio, decidiendo volver a España. 

El nieto seguía leyendo todo aquello, en su asiento del autobús, descubriendo que, al volver su abuelo a su país, le encerraron dos años, solo por sus ideas, por haber repartido octavillas, explicando qué sociedad quería para él y para todos.  

Juan empezó a observar, empezó a ser consciente de lo que pasaba a su alrededor, cada día descubría cosas que pasaban, en el autobús y fuera, durante su trayecto. Vio por la ventanilla del autobús, como, al pasar por algunas bocas del metro, la policía pedía identificación, pero siempre a ciudadanos negros, árabes, latinoamericanos y algún indigente. 

Otro día, al pasar por la puerta de un CIE, preguntó qué era aquello, se cabreó mucho al enterarse de la realidad, al enterarse de que los que estaban dentro retenidos en ese edificio eran extranjeros, que no se les culpaba de ningún delito, que solo era por ser extranjero y no tener papeles. Lo que más le cabreó fue que le dijeran que eran ilegales. 

Al día siguiente, vio una cara conocida, pues salía mucho en televisión, iba paseando con su escolta, los policías no solo lo saludaban, le abrían paso entre la gente. Ese señor era un implicado en varios casos de corrupción. 

Otro día observó como subía un señor negro al autobús, se sentó al lado de una señora muy arreglada, esta se levantó con cara de desprecio y se fue para otro sitio en el autobús. 

Hoy, Juan, en el autobús, comentaba a un amigo que, se había afiliado a alguna organización social, que llevaba unas buenas notas del instituto a casa, que ya la vida tenía sentido. Riendo dijo: “Y sin necesidad de teléfono” 

16 de febrero de 2017 

Publicado por PInTAGORrAS

Nací en Yuncos en 1952, ciudadano del mundo. Bandera, la blanca, la de la paz; amante de la justicia y la igualdad. La escuela, solo hasta los doce años, nada más. Acceso a la universidad y carrera, en el aula de estudio, mi casa. Noches, sábados, domingos y festivos. Licenciado en Derecho por la UNED. Trabajador en el sector de la madera, sindicalista ya jubilado. Me gusta escribir lo que veo, lo que siento, con lo cual me gusta la escritura crítica y de compromiso.

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