RIQUEZAS Y SUFRIMIENTOS POR ALGUNOS MINERALES

Cuando el 2 de agosto de 1998 Ruanda invadió la República Democrática del Congo, para controlar los grandes yacimientos minerales, sobre todo del Coltán, Bimyavanga tenía 9 años, vio como mataban a su padre y hermanos, quedando solo su madre y él. 

Bimyavanga sobrevivió trabajando en condiciones casi de esclavo en la extracción del coltán. Unos años después, descubrió su homosexualidad, la ocultó todo lo que pudo. Sin que él lo dijera, empezaron a sospecharlo, empezó a recibir amenazas de denunciarlo, pues la homosexualidad estaba prohibida y castigada, recibió algunas palizas. 

Bimyavanga no tenía reloj ni lo entendía, se regía por el sol, andaba descalzo, nunca pudo tener unos zapatos, no sabía escribir ni leer, nunca pudo asistir a la escuela. 

Bimyavanga, un día, dijo a su madre: Me han dicho que en Europa hay otra forma de vida, donde se puede vivir libre y sin hambre, quiero ir a un país que se llama España, donde me estableceré, te mandaré dinero para que puedas comer. Pero, sobre todo, para poder llevarte conmigo y poder vivir bien.  

Bimyavanga se despidió de su madre y emprendió el camino hacia el otro continente al que se dirigía, para él representaba el paraíso donde poder tener otra vida mejor. En su camino, atravesó Republica Centro Africana, donde conoció a Kaylo, joven camerunesa, que también iba en busca de una mejor vida, se hicieron amigos y caminaron juntos, pasaron por Camerún, Nigeria, Níger, Argelia y Marruecos. 

Kaylo sabía escribir y Bimyavanga le pidió que escribiera unas cartas a su madre, con la esperanza de que alguien se la leyera, pues no sabía leer. De vez en cuando, Kaylo escribía lo que Bimyavanga decía que pusiera a su madre, entre otras cosas, siempre decía: “Madre estoy bien, todo marcha bien, los sueños se harán realidad, pronto te mandaré dinero, en cuanto pueda te traeré conmigo”. 

Bimyavanga encontró unos zapatos viejos en el camino, los cuales cada día estaban en peor estado, sobre todo las suelas, lo que se suele decir: (vas engañando al cielo y jodiéndote los pies). Caminaron días, semanas y meses, sufriendo hambre, algunas palizas y Kaylo varias violaciones. Ya en Marruecos, Kaylo desapareció. Bimyavanga no sabía si la habían secuestrado, asesinado o se había perdido. Desde ese momento, el camino lo hizo solo. 

Cuando llegó al cerro Gurugu “cercano a la valla metálica de Melilla”, siguió estando solo y con problemas de convivencia. Cuando decidían el momento de saltar la valla, planificando la hora en la que se pondrían en marcha, Bimyavanga tenía problemas pues no tenía reloj, siempre se regía por el sol, pero allí era distinto, las acciones de saltar al otro lado de la valla se hacían de noche, el sol en este caso no lo podía socorrer, se quedaba sin referencias.  

Bimyavanga, como los demás que estaban en el cerro Gurugu, pasaban hambre, frío, calor; cuando conseguía comer algo, la comida estaba en mal estado. 

Bimyavanga conoció a Sow, joven nigeriano, y se hicieron grandes amigos, teniendo con quien hablar, se ayudaban el uno al otro. Cuando intentaban saltar a Melilla lo hacían juntos, corriendo la misma suerte los dos.  

Los dos primeros intentos de saltar la valla, fueron infructuosos, Bimyavanga se produjo grandes y dolorosas heridas con las concertinas, sobre todo en los pies, ya que los zapatos no le protegían, por lo mal que estaban. De suela, tenía un cartón que cada varios días se cambiaba, pues resistían poco.  

Pasado un mes de aquellos intentos, lograron saltar y entrar en Melilla. Los dos amigos siguieron juntos, pensando cómo cruzar el mar para entrar en la península. Sin trabajo, sin papeles, esquivando a la policía.  

Bimyavanga Pidió a Sow que escribiera una carta a su madre, donde le decía las mismas cosas de siempre. Un día, los detuvieron y los internaron en el CIES.  Allí, con el tiempo, Bimyavanga perdía la esperanza de alcanzar la tierra prometida, veía que se quedaba sin futuro. Bimyavanga volvió a pedir a Sow que escribiera a su madre, con lágrimas en los ojos dijo que pusiera: “Querida mamá: Lo he conseguido, aquí estoy bien, me acuerdo mucho de ti, pronto te mandaré dinero, cuando pueda te traeré conmigo, quiero que estés alegre por mí, te quiero, te echo de menos”. 

Un día, alguien le dijo: El sufrimiento que tú tienes, el que tiene tu pueblo, llena los bolsillos de unos cuantos. En este primer mundo, con ese sufrimiento, se hacen muchos teléfonos. Espero que algún día se fabrique el reloj que marque la hora de la justicia. 

24 de marzo de 2017 

Publicado por PInTAGORrAS

Nací en Yuncos en 1952, ciudadano del mundo. Bandera, la blanca, la de la paz; amante de la justicia y la igualdad. La escuela, solo hasta los doce años, nada más. Acceso a la universidad y carrera, en el aula de estudio, mi casa. Noches, sábados, domingos y festivos. Licenciado en Derecho por la UNED. Trabajador en el sector de la madera, sindicalista ya jubilado. Me gusta escribir lo que veo, lo que siento, con lo cual me gusta la escritura crítica y de compromiso.

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